Fent temps

Avui, en un ratet d’aquestes que pot regalar-te el dia, he llegit el diari sense presses mentre prenia un suc. Trobo genials aquestes estones, sobretot perquè de forma inconsciet els anomenem: “Per fer temps”. Normalment per fer temps, la gent fa coses que no fa habitualment però que són d’allò més senzilles: llegir, escoltar música, tallar-se les ungles o asseure’s en un banc del carrer. Per fer temps ningú busca entreteniments artficiosos, ni massa cars. Amb ben poca cosa en tenen prou.

I és curiós perquè sempre diem que ens en falta, de temps. Que passa molt ràpid, que se’ns escapa. Però, com en molts altres aspectes de la nostra vida, no ens adonem que la solució és més a la vora del que ens pensem: sabem FER temps. Un dia sense adornar-te’n estàs allà jugant al pacman i fent temps. No l’estàs perdent. Que també podries fer-ho, perquè en saps… Però no, aquell dia treus les fulles seques i FAS temps.

De fet però tot depèn de  l’humor que tinguis. Si durant  aquella estona et fot esperar… perds el temps. Si t’obliguen a esperar … mates el temps (suposo que per no matar algú altre). I si ets tu que sembla que t’has organitzat o disposes d’aquest temps inesperat: FAS temps. Com per ajudar-lo a reproduïr-se:  “Si el cuido, igual cria”.

Avui doncs, mentre llegia el diari i feia temps de manera bàsicament artesanal (poc a poc  ben amasat) he trobat un article que es deia precisament així: “El tiempo de la vida”d’ Antonio Sitges-Serra.  Si teniu temps, o ganes de fer-ne, us animo a que el llegiu.

Desde que en el siglo pasado la esperanza de vida se alargara hasta duplicar los años que vivieron nuestros tatarabuelos, vivir más se ha convertido en una de las metas más anheladas de nuestra civilización. Destinamos inimaginables sumas de dinero a mejorar nuestra salud y retrasar la muerte todo lo posible. La utopía tecnocientífica vigente apunta como posibilidad real la de vivir unos cien años de media. Todo indica que ello no será posible para las generaciones que poblamos hoy el planeta e incluso cabe preguntarse si es psicológica, ecológica y demográficamente deseable. El precio que estamos pagando por nuestro envejecimiento es muy alto en términos de reparto del trabajo, discapacidades y enfermedades degenerativas. Lo que resulta curioso es que, a pesar de vivir mucho más que nuestros antepasados, todo apunta a que nuestro tiempo subjetivo es cada vez más corto; los días, los años, se nos pasan tan velozmente que nuestra recién adquirida longevidad nos aprovecha bien poco.

QUIZÁ deberíamos buscar estrategias diferentes menos médicas, más económicas y menos agresivas con el entorno para prolongar nuestra existencia sin obsesionarnos por prolongar el tiempo físico que vamos a vivir. ¿Cómo conseguir que un mismo tiempo de reloj se alargue en nuestra percepción psicológica? Deberíamos ser capaces de dilatar nuestro tiempo mental de modo que nos cundiera tanto como ese detergente que tanto cunde con una sola gota. Nuestro camino exploratorio podría comenzar sumándonos a la dura crítica de la prisa y el experiencialismo que García Morente, uno de nuestros filósofos de entreguerras, injustamente olvidado, nos ha legado en sus estupendos Ensayos sobre el progreso (Ediciones Encuentro). Dice: «La multiplicación de las vivencias convierte las emociones en sensaciones. No hay tiempo para pensar; no hay tiempo para ser; no hay tiempo para amar». Se puede decir más alto pero no más claro: la hiperactividad funde las horas. El filósofo llega a escribir -en un arrebato radical, ilustrativo de su mirada sobre el mundo- que uno de los dramas del hombre moderno es que «ya no sabe aburrirse».

El sendero del tiempo que se multiplica nos lleva a continuación

-siempre bajo el paraguas filosófico de Morente– a revisar el famoso carpe diem horaciano que emerge ahora renovado. En efecto, sujetar el momento no implica reivindicar una sensualidad superficial basada en coleccionar experiencias. Horacio no consideraba la vida como un parque de atracciones, o distracciones, donde el tiempo, como el agua, se nos escurre entre los dedos mientras vamos de un afán a otro «pasándolo bien». No, el clásico nos alentaba a demorarnos en las minucias de la cotidianidad, a enlentecer nuestros ritmos, a espaciar nuestras desenfrenadas agendas. Excelente receta, creo yo, para dilatar la percepción del tiempo y, de un modo diferente, alargar nuestra existencia.

Sin embargo, en este recorrido hacia la longevidad mental, nos topamos con un obstáculo inesperado: La montaña mágica de Thomas Mann, donde se nos explica que la vida vacía -la que discurre en un sanatorio antituberculoso alpino- es la que pasa más velozmente mientras que la hiperactividad de los que viven «allá abajo» alarga los días. ¡Hombre!, con Mann no se juega. ¡Cualquiera le enmienda la plana a un nobel! Y así y todo, lo tendría muy difícil para convencerme. De hecho, su numerosa novela a veces aburre de manera que conecta accidentalmente con los consejos de Morente. Así que rodeamos su texto y seguimos en la nuestra. Lo siento, señor Mann: la vida se acorta cuando la vivimos precipitadamente encadenando eventos, cuando nos lanzamos a acumular vivencias por el mero hecho de ir sumando sensaciones. Inversamente, la vida se nos alarga cuando espaciamos nuestros movimientos, enlentecemos los gestos y nos deleitamos en la soledad. Ya hacia el final de esta búsqueda del tiempo largo, la vereda se estrecha y una flecha indicadora nos conduce hasta la cueva donde habita el Libro del Tao: «El hombre que vive demasiado muere antes». Con el rico laconismo de los grandes textos de sabiduría, desde Oriente se nos aconseja levantar el pie del acelerador y pasar más tiempo con nosotros mismos. Encontraríamos resonancias similares en Machado-Mairena, cuando el gran poeta deplora tanta hiperquinesia.

ASÍ QUE si quieren vivir más viviendo lo mismo, tranquilicen sus días y verán cómo el tiempo les cunde como el Fairy y los cumpleaños dejan de sucederse con la habitual celeridad. Quizá los estents coronarios, la quimioterapia o las pastillas del colesterol consigan añadir unos cuantos años a nuestra ya larga pero de todos modos efímera existencia, pero ganaríamos más -con menos dolor y menos dispendio- si aplacásemos nuestras agendas y dejásemos de distraernos permanentemente con tanto viaje, tanta reunión, tanto Twitter y tanto guatsap. Y así, cuando llegue el momento que a todos nos iguala, nos iremos reconciliados con el tiempo más que suficiente de nuestras vidas.

Catedrático de Cirugía (UAB)

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